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Cuarto y mitad de filosofía para llevar a nuestra empresa (y nuestra vida)

Hace tiempo, en la Escuela de Filosofía donde estudio me aconsejaron llevar la filosofía al mundo de la empresa y hoy, más que nunca, es necesario hacer especial énfasis en esta cuestión, así que, hemos decidido incluir esta temática, el binomio filosofía y empresa, a nuestro blog La hora del té.

En tiempos como los actuales donde cada día se habla de rescates, primas de riesgo, valoraciones, auditorías, tasas de desempleo, competencia, burbujas o crisis nos reunimos los amigos, para aparte de espolear el consumo, expresar nuestras opiniones sobre la coyuntura social y económica y, con frecuencia, nos hacemos esta pregunta: ¿qué podemos hacer cuando las cosas no son como queremos, sino como realmente son?

Nos preguntamos por la incertidumbre del futuro pues si hay un condicionante éste es el devenir. Ya lo dijo Heráclito: “ninguna persona puede bañarse dos veces en el mismo río” puesto que no será la misma persona ni el mismo río, ambos habrán cambiado en algo la segunda vez, no serán como la primera. Sin embargo, el concepto de devenir es solo un significante, una conceptualización vacía de realidad sobre la que, como en un papel en blanco, vamos escribiendo nuestras propias vidas. La determinación vendría por la extensión del espacio en el tiempo. Esta constante universal demuestra que el futuro está  siempre por construirse y también, que los vicios adquiridos en el pasado pueden modificarse con el trabajo necesario en el trascurso del tiempo. Por lo tanto, la humanidad debería aceptar que realmente lo que nos determina es el futuro y no el pasado pues aquello sobre lo que nos estructurábamos puede ser transformado en un nuevo orden, o lo que es lo mismo, pueden vivirse varias vidas en una sola, ¿no suena esto apasionante?

Y en este punto hemos unido economía y cuestiones vitales, trabajo y filosofía. De hecho, el trabajo también  es un buen conductor del discurso humano, es decir, todo lo que la humanidad ha producido como colectividad ha sido fruto de la organización y distribución del trabajo necesario para adaptar nuestra supervivencia al medio físico. De pronto la actividad filosófica aparece como un referente muy importante para una correcta actividad económica.

Quizá la cercanía a la debacle económica que vivimos nos impida analizar en detalle las causas de la actual crisis pero, aunque no seamos tan catastrofistas como Paul Krugman, sí se vislumbran algunos motivos de la misma como puede ser la falta de escrúpulos de ciertos perfiles empresariales y que muchos ejemplifican en Enron, donde el fin justificaba cualquier medio empleado frente a los clientes y otros, como el que sostenemos en este post: la ausencia de filosofía.

Pues bien defendemos que la diferencia entre la empresa que hasta hoy hemos venido construyendo y la empresa del futuro, con un planteamiento filosófico, debe ser la trascendencia. Aquéllas empresas que consideran la práctica económica como una actividad que pretende no solo proyectarse espacio temporalmente, sino que busca su integración en lo real no buscando su perpetuación, sino su dinamismo, transformación y realización siendo la extensión económica del inconsciente humano.

Por lo tanto el verdadero riesgo empresarial no consiste en el coste de oportunidad de tal sobre cual inversión, el verdadero riesgo para todo ente tocado por la palabra estriba en aceptar su condición caduca, aunque esta caducidad en el ámbito de las empresas pueda retrasarse a través de diestras transformaciones. La empresa estrictamente realista es aquella que no busca a cambio de su trabajo, otra cosa que no sea generar dinamismo, trabajo e interacción, como principios básicos de su funcionamiento. De este modo el espíritu de permanecer a cualquier precio desaparece mutándose en pura autoexigencia, un esfuerzo que emerge de forma natural de su capital humano, de las personas que la componen.

Así pues las empresas que trascienden, las empresas de futuro, serán aquellas que se desenvuelvan en un entorno natural y no restringido, las que contemplen su cometido velando por el cuidado y el respeto del terreno por donde pisa  ejecutando su actividad de manera sostenible.

Al nuevo empresario se le abre un interesante abanico de posibilidades y, aunque a corto plazo, resulte complicado e incomprendido, podrá salir fortalecido respecto a la competencia y mejor posicionado ante un mayor espectro de potenciales clientes, ya que la propia sociedad es la que demanda y, de manera creciente, demandará una relajación y humanización de la práctica empresarial que de nuevo permita dinamizar el ámbito económico y evite repetir problemas pasados.

Surge aquí una nueva pregunta: ¿qué perfil debe tener este empresario que incipientemente la realidad demanda?pero esa es otra historia y debe ser contada en otra ocasión”, como decían en La Historia Interminable.

Manuel Ortega Patón y Fernando Ruiz Diezma